Pocas veces disfruto tanto como cuando un libro me arrastra sin pedir permiso, y Los seductores de James Ellroy lo ha hecho desde la primera página. Es una novela salvaje, adictiva y, sobre todo, brutalmente honesta en su retrato de un Los Ángeles que huele más a sudor y corrupción que a palmeras y sueños dorados.
Es fascinante cómo Ellroy construye esta historia a través de Fred Otash, un ex policía devenido en detective privado, soplón, chantajista profesional y espía a sueldo. Otash no se esconde, no se justifica: cuenta sus miserias y las de los demás con un cinismo que, lejos de repelerme, me atrapó por completo. He disfrutado mucho con ese mosaico de escenas fragmentadas, informes policiales ficticios y confesiones privadas. No hay grandes giros sorpresa: el suspense no viene de no saber qué va a pasar, sino de ver hasta dónde es capaz de llegar la podredumbre.
La ambientación es uno de los grandes aciertos: Los Ángeles no es solo un escenario, es una entidad viva y corrupta. La ciudad se convierte en un personaje más, tan retorcido como sus habitantes. Los clubes nocturnos, los moteles, los estudios de cine, las oficinas del Departamento de Policía… todo huele a sudor, alcohol y miedo.
Los personajes son, en su mayoría, infames: Freddy Otash, el narrador y protagonista, es un bastardo encantador, lúcido en su decadencia. Su voz lo domina todo: machista, paranoico, hipervigilante y adicto al poder. Marilyn Monroe aparece como una estrella en caída libre, usada por todos y vencida por todos. Los Kennedy, por su parte, son retratados como depredadores encantadores, expertos en usar a los demás.
Ellroy no escribe, dispara. Su estilo cortante, lleno de frases rápidas, informes, memorandos, grabaciones clandestinas, puede resultar desconcertante al principio, pero si te dejas arrastrar por el ritmo, el efecto es hipnótico. A mí me pasó: empecé desconfiando y acabé absolutamente enganchado.
Esta novela no es para estómagos débiles ni amantes del thriller convencional. Es, más bien, un descenso a los infiernos del sistema americano, una sátira oscura disfrazada de novela policial. Ellroy no busca redención ni justicia, busca revelar la maquinaria detrás del mito. Y lo hace con una mezcla incendiaria de ironía, lenguaje policial, groserías y lucidez histórica.