Perseguidos, exiliados, exterminados en masa, discriminados, incomprendidos, nombrados chivos expiatorios, odiados. Gitanos. ‘’Los nombres son importantes’’, escribiría Donald Braid (Romani Culture and Gypsy identity, 1997), ‘’nos indican la procedencia y evoca contextos sociales y culturales’’, pero también subyace el tópico, el cliché. La literatura ha insistido durante años que, si era de piel oscura, andrajoso, con torpeza al hablar, posiblemente era el culpable del crimen que se había cometido. Heinrich Grellman en su libro Die Zigeuner, de 1783 (Gitanos), comparó en un catálogo de 15 páginas términos romaníes con su equivalente en indostanas. El resultado fue una coincidencia de una de cada tres palabras, esta ciencia sería conocida posteriormente como «paleontología lingüística». Por lo que quedó eliminada cualquier duda de la procedencia gitana; eran indios. Vienen de lejos y conviven en gran parte de la Europa del este, especialmente en Rumanía, Polonia, Bulgaria, Hungría…, de los cuales algunos han servido de morada para la creación de Enterradme de Pie: La odisea de los gitanos, publicada por Anagrama en la colección Crónicas en 2009. La labor documental, en gran parte empírica, por la escritora neoyorkina Isabel Fonseca es apasionante. Convive en la década de los 90 con algunas familias romaníes en Albania y Bulgaria, vive como una gadje (término roma que hace referencia a los no gitanos) en comunidades rom.
La narrativa que emplea Fonseca es humana, cercana, busca, sin embargo, resolver incógnitas, ¿son de verdad mentirosos?, ¿por qué rehúsan de las instituciones?, ¿son marginales por decisión propia?, ¿de qué país es un nómada?... La respuesta no es fácil. A veces la respuesta no la quieren dar. A veces la respuesta sería reconocer el miedo a recordar. La porraimos (devastación) o holocausto gitano durante la Alemania Nazi supone una herida aún sin cerrar. Precisamente por la facilidad del olvido.