Pocas veces la música se te mete hasta las entrañas y rezas para que no se termine el éxtasis. Esta es una de ellas. Su estilo es de una hermosura exultante que te atrapa desde el primer compás, aunque también debe tenerse el estómago preparado. Técnicamente es perfecta, sin notas de adorno ni fuegos artificiales gratuitos; todo está en su sitio, con un tempo firme que va increscendo y, a su vez, deja espacio para que el oyente ponga las estructuras necesarias para su avance. E ahí su genialidad. El director no se enamora de sus própias melodías, simplemente las utiliza para un constructo arquitectónico coral de gran formato. La textura instrumental es tan versátil que se armoniza de forma natural, sutil, de los oídos al corazón,