La película intenta constantemente bombardear al espectador con dopamina y estímulos visuales, pero no se molesta en desarrollar una trama sólida. Esto provoca que los momentos dedicados a las explicaciones o el contexto resulten aburridos, vacíos y sin impacto emocional. No logras empatizar con nada ni con nadie.
Los chistes son escasos y repetitivos: uno es la frase “Es la hora de las tortas”, y el otro, que Johnny está enamorado de la chica de metal. Se repiten tanto que pierden toda gracia. El bebé, además, está pésimamente logrado, tanto en animación como en concepto, y los efectos especiales son tan irreales que rompen por completo la inmersión. No hay una noción clara del paso del tiempo: parece que en cuestión de dos días el bebé ya ha crecido, lo que desconcierta aún más.
Desde que salió el tráiler, ya intuía por dónde iban los tiros: el marketing de siempre, actores reconocidos como Joseph Quinn o Pedro Pascal para atraer público, y un enfoque comercial por encima de todo. Pero sinceramente, no esperaba que el resultado fuera tan pobre. Al salir del cine, se notaba el descontento: suspiros, quejas y caras de decepción por todas partes.