Para hablar de literatura hay que leer. Lamentablemente estamos en una época en la que cualquiera con acceso a internet opina necedades desde sus prejuicios. Critican, pero no leen. Critican, pero no proponen otras lecturas. ¿En qué quedamos? Estaría bueno dejar de lado los prejuicios y formular un juicio, es decir, una crítica que implique experiencia.
Todos los que critican casualmente omiten una palabra fundamental: femicidio. De eso es lo que habla el libro (para que se vayan enterando los fóbicos a la lectura superior de 140 caracteres). Pero acá la polémica, mérito de nuestra actual vicepresidenta, son solamente dos capítulos de una novela que tiene casi doscientas páginas. Es decir, la gente condena un libro a partir del 1% de lo que está escrito. Es ridículo pensarlo así, ¿no?
Dicen que los chicos tienen que aprender biología y anatomía, que eso es literatura. Que la ficción se tiene que leer en el tiempo libre, en la casa. Lo que no se menciona acerca de la ficción dentro del aula es que permite trabajar subjetividades mediante la narrativa. Es el encuentro con el otro lo que se propone con una lectura. Pero bueno, la gente, sobre todo los nacidos en el siglo XX que quedaron a destiempo del presente, a lo sumo podrán sugerir "Platero y yo" y "Mi planta de naranja lima" (dos libros escritos por no-argentinos). Quizá algún patriota sugiera también el Martin Fierro. A estos paladines anónimos de la "buena" literatura les podemos preguntar: "¿por qué se conmemora el Día de la Tradición?" Y no van a saber responder.
Debatir la educación es más serio y hoy día ni la opinión pública ni los medios están a la altura de la discusión. Se les pregunta a los políticos qué opinan de esta "polémica", pero no se les ocurre en ningún momento preguntarles a los docentes -mucho menos a los jóvenes estudiantes- qué es lo que piensan acerca de Cometierra.
El problema es que no hay disposición para la lectura (y es un problema intergeneracional), lo cual en cierta forma también significa que no hay disposición para el encuentro con otras realidades, con otras subjetividades. Y este desencuentro, ¿a quién le favorece? Esa es la pregunta que hay que hacerse.