Estoy cansada, y no lo niego. La plata no alcanza, el corazón se me aprieta, y a veces la ansiedad me llega solo de pensar qué va a pasar mañana. Lloro, claro que lloro… hay días en los que me siento vacía. Pero cuando ya no puedo más, oro en silencio y le digo a Dios: “Señor, ayúdame, porque yo sola no puedo”.
Quisiera no depender de un subsidio. Quisiera no estar pendiente de un listado, esperando a ver si “de pronto” salgo para recibir un dinerito y poder respirar. Esa zozobra me inquieta y me cansa. Nada sale como espero, hago cuentas y no dan, y aun así aquí sigo… luchando, trabajando con lo que tengo, esperando que todo mejore, aunque sea poquito a poquito.
Y lo único que no suelto es esto: mi esperanza no está en un papel ni en un pago. Mi esperanza está puesta en Jesús. Él es el que me sostiene cuando la ansiedad me quiere ganar, y el que me recuerda que después de la tormenta, sí llega la calma.
Aveces te puedes identificar....
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