“La península de las casas vacías” me ha parecido una novela valiente, sensible y profundamente necesaria.
Más allá de su trama o de su estilo, lo que más me ha gustado es la forma en que el autor se posiciona frente a nuestra historia reciente. Hay quien dice que la obra “toma partido” por los republicanos, como si eso fuera un defecto o una falta de realismo. Pero en pleno siglo XXI, no posicionarse ante una dictadura no es neutralidad, es complicidad.
La novela no solo da voz a quienes fueron silenciados, sino también a una familia humilde que viene del campo, a esa España rural que sufrió la guerra y la posguerra desde abajo, sin privilegios y sin apenas esperanza. Esa mirada, lejos de restarle objetividad, le da verdad, emoción y humanidad.
Tampoco creo que sea justo reducirla a una etiqueta. Algunos dicen que no es “realismo mágico”, y quizá no lo sea en el sentido latinoamericano del término, pero sí hay en sus páginas otro tipo de realismo mágico, adaptado a la memoria histórica española, con un fuerte componente simbólico y fantástico, más que pureza del género tradicional.
La prosa es dinámica y estimulante, con capítulos cortos, imágenes potentes y múltiples personajes, lo que hace que, pese a la densidad histórica y simbólica, la lectura enganche y fluya.