Una miniserie de buena factura que no inaugura caminos de originalidad impactante pero deja huellas. Abundan los diálogos estilo espadachÃn y hay un alto nivel actoral encabezado por Nicole Kidman y que subrayan Hugh Grant y Donald Sutherland, tres que dan magnÃficas estocadas. Todos los integrantes del elenco se destacan en lo suyo.
Un asesinato y una persona que desaparece en el primer capÃtulo hacen saltar por el aire las cartas del juego en un ambiente de clase alta en Nueva York: el juego de la Vida. Vuelan las cartas: confianza, temor, amor, comunicación, mentira, éxito, fracaso, duda, sexo, impostura, sorpresa, amistad, idealización, dinero, negocio, hipocresÃa, doble moral, resentimiento, vanidad, arrepentimiento, egoÃsmo, culpa, decepción, vergüenza, la irrupción mediática como un tsunami, diferencias sociales marcadas, relación padres-hijos, privacidad con las ventanas hechas añicos, frustración, felicidad...
Todo se desborda, se trastoca y parece desdibujarse pero solo para irse encarrilando en una dirección sostenida por el suspenso. La idÃlica familia perfecta Fraser no es tal asà como la posible partida perfecta de ajedrez puede rendir al rey inesperado.
Seis episodios con una dinámica que atrae y dosis de thriller y drama que mantienen el interés hacia ese encadenamiento de conflictos, secretos y pesadillas que van saliendo a la luz. Vemos los restos a todo color que deja el asesinato de la joven vÃctima inicial y vamos juntando piezas del pasado.
¿Cuánto de muerte, trauma y destrucción hay realmente en esta miniserie de HBO? Detrás de la elaborada estética de los escenarios donde se mueven los personajes y de los pequeños detalles en los rostros que reaccionan ante los acontecimientos, se deja sentir cierto mal olor. Podredumbre. ¿De esos valores que dignifican la vida? De algún modo, ¿todos cómplices?