La película ofrece destellos interesantes, pero cada acierto viene acompañado de un tropiezo que debilita la experiencia. El científico presentado como clave en la trama, símbolo de esperanza, apenas tiene desarrollo y es eliminado de manera absurda a los pocos minutos de aparecer; una decisión narrativa que resta peso a su papel.
La parte en Israel, por ejemplo, comienza con una idea brillante: la muralla como defensa estratégica contra la amenaza que casualmente justo terminaron lo que le daba suspenso al acusarlos indirectamente. Sin embargo, la lógica se quiebra cuando los zombis la superan amontonándose como una ola, una imagen visualmente impactante, pero que desafía cualquier coherencia interna.
La secuencia del avión acentúa esa misma tendencia: se nos plantea como refugio seguro en medio del caos, pero resulta poco verosímil que los protagonistas consigan abordar con tanta facilidad, encontrando incluso asientos libres en un vuelo que, en teoría, debería estar saturado.
El desenlace, con la distribución de vacunas que vuelven a los humanos “invisibles” para los infectados, cierra la trama de manera efectiva y ofrece un respiro narrativo. No obstante, al optar por esta resolución, la cinta parece haberse condenado a sí misma, dejando escaso margen para una continuación sólida.
En definitiva, una obra con buenas intenciones y momentos memorables, pero que se traiciona constantemente a través de decisiones forzadas que hacen tambalear la credibilidad de su propio mundo.