La película intenta sostener el terror en torno a un espejo maldito y una casa marcada por muertes, pero el guion se siente forzado en demasiados momentos. La historia prácticamente no sale del mismo escenario, lo que genera una sensación de encierro mal aprovechada. Resulta poco creíble que los personajes sigan viviendo en una casa donde mueren familiares uno tras otro, y esa falta de lógica debilita mucho la tensión dramática.
Además, los recursos clásicos —como los cortes de luz para dar pie al terror— se repiten de forma tan evidente que en lugar de generar miedo transmiten la idea de que la trama se acomoda para que “algo pase”. No hay una verdadera consecuencia entre los sucesos, y eso le resta coherencia.
Personalmente, no encontré miedo en la propuesta, sino una sucesión de momentos fabricados para parecer aterradores. En resumen, El último rito deja más la sensación de un artificio obligado que de una historia sólida dentro del universo Warren.