Irrisoria secuela de una novela emblemàtica y magistral. Salta a la vista que Ira Levin intenta aprovechar comercialmente la oleada de leyendas y conspiraciones que arrasaban el planeta ante el inminente cambio de milenio. El contexto ofrecía una ocasión perfecta de rematar de forma espectacular una historia que encajaba cronológicamente a la perfección con el momento histórico, pero Levin desaprovecha, o simplemente no es capaz de crear una historia con el gancho que merecía, y en cambio entrega una trama plana, aburrida y torpemente desarrollada. Carente de cualquier tipo detensión y suspense, su final da verguenza ajena. Si El bebé de Rosemary marcó una época, su secuela tira por la borda la posibilidad de marcar una época única.
Absolutamente prescindible.