Annabelle 3 representa, lamentablemente, muchos de los errores que suelen arruinar una secuela. Desde su inicio mediocre hasta su desenlace desabrido, la película se percibe predecible y carente de frescura.
La trama parte de una premisa poco convincente: una adolescente, movida por un dolor personal, toma una decisión irracional que libera a la ya conocida muñeca. A partir de allí, la narrativa se convierte en una sucesión de recursos formulaicos: sustos anunciados con segundos de retraso, una posesión demoníaca de la casa que carece de coherencia con el desarrollo argumental y un clímax que raya en lo inverosímil, donde tres jóvenes logran enfrentar por sí mismas un universo de horrores gracias, casi de manera caricaturesca, al “poder de la amistad”.
El resultado es una cinta que, más que expandir el universo de El Conjuro, se siente como una atracción de feria sin verdadera tensión ni trasfondo. Refleja lo que ocurre cuando las ideas se agotan pero la franquicia no puede dejarse morir mientras siga generando ingresos.
Lo rescatable, quizás, sea el cuidado en el vestuario de época, que aporta un mínimo de autenticidad visual a un producto que, en lo demás, carece de sustancia.