“Under the Skin” no es una película, es una tortura lenta disfrazada de cine de autor. Dos horas que se sienten como un coma inducido: planos eternos sin alma, actuaciones que parecen cadáveres en movimiento y un guion tan vacío que hasta un televisor apagado transmite más emoción. Es un desfile pretencioso de nada, una obra que se arrastra con la arrogancia de creer que el tedio es arte. Si el aburrimiento matara, esta cinta sería un genocidio.