The VelociPastor es una de esas películas que sorprenden precisamente porque no intenta ocultar lo que es: una propuesta absurda, divertida y descaradamente “serie B” que juega con sus limitaciones para transformarlas en virtudes.
La historia de un sacerdote que, tras una tragedia personal, adquiere la insólita habilidad de convertirse en un velociraptor y decide usar ese don para luchar contra el mal, es tan descabellada como brillante en su planteamiento. La película no se toma demasiado en serio a sí misma, y ahí radica su encanto: sabe reírse de sus propios efectos especiales, de los clichés del cine de acción y de las tramas religiosas exageradas, ofreciendo al espectador una experiencia tan cómica como inesperadamente entrañable.
Lo mejor de The VelociPastor es que se disfruta en compañía: es perfecta para verla con amigos, comentar sus momentos disparatados y dejarse llevar por su humor camp y sus diálogos fuera de lo común. La autenticidad del proyecto se siente en cada escena; lejos de intentar ser una superproducción, se nota el cariño de sus creadores por el cine de bajo presupuesto y por la diversión pura.
En definitiva, The VelociPastor es un ejemplo claro de cómo el cine independiente puede regalarnos joyas únicas. No es una película para buscar realismo o efectos de última generación, sino para disfrutar del absurdo, reírse a carcajadas y recordar que el cine también es, ante todo, entretenimiento.