Wolfram Eilenberger logra ofrecer al gran público un ensayo que sintetiza, en menos de 400 páginas, lo que podría presentarse al lector interesado por la filosofía como el decisivo cambio de ruta en la historia del pensamiento occidental. O, al menos, el arduo y tenso intento por consumar tal giro radical en el marco de un contexto vertiginoso. Nada más y nada menos que los inestables 10 años que van desde la proclamación de la República de Weimar, 1919, al crac de la bolsa en 1929.
En el inicio del libro el autor nos sitúa ante la necesidad imperante de responder, una vez más, a la pregunta fundamental "¿Qué es el hombre?". El ensayo, de estructura circular, arranca allí donde concluye: en el mitificado debate de 1929 en Davos, entre el por aquel entonces célebre Ernst Cassirer y el prometedor Martin Heidegger, autor de Ser y Tiempo (1927). Una figura políticamente ambigua que supondría una indeleble huella en el decurso de la filosofía europea, pues dejará su impronta tanto en el pensamiento ecológico de posguerra como en el ascendente nacional socialismo. También en numerosos filósofos españoles de la segunda mitad del siglo XX. Tal es el caso del joven Eugenio Trías (1942-2013), que en los años 70 clamaba la necesidad de escribir un nuevo Ser y Tiempo.
Hacia este debate nos conduce Eilenberger aunando un dominio narrativo notable y una decidida voluntad de claridad en la exposición de las ideas. Tratando de mostrarle al lector la génesis de algunas de ellas y, sobre todo, su directa implicación con la vida. De tal manera nos invita a asistir a la primera formulación del concepto de Dasein por parte de un Heidegger que en 1922 buscaba por medio de Edmund Husserl (1859-1938) acceder a la universidad, al tiempo que trababa amistad con Karl Jaspers (1883-1969), con quien comulgaba en la idea de construir una alternativa filosófica a las propuestas de la academia alemana. O bien, nos presenta un retrato desmitificado de un Walter Benjamin, que incesantemente vaga por Europa (París-Berlín-Capri-Moscú) en un torbellino de indecisión infinita.
El autor trata de captar la realidad de una década compleja respetando las irreconciliables contradicciones de las que, no solo está trufada la biografía de una persona, sino de las que se compone la realidad. Un enfoque que le agradaría al Benjamin de Calle de sentido único. O, bien, a Cassirer, quien justo por aquellos años (1922) vivía el creciente antisemitismo del pueblo alemán (en 1923 Hitler intentará, emulando a Mussolini, una marcha sobre la capital). Cassirer llegó a definir los periodos de crisis como particularmente sensibles a la regresión hacia un tipo de pensamiento simplificador, cercano al pensamiento mítico, donde una idea fija pugna por abarcar la totalidad de lo real, o donde impera una lógica binaria de opuestos.
Considero que Eilenberger da licencia para que el lector se plantee que hubiera sido de Alemania de no haber seguido ese camino que nos lleva directamente a 1933. Esta visión aporta una luz nueva con la que acercarnos al debate entre Cassirer, el judío-alemán neokantiano, y Heidegger, el antisemita pensador del arraigo. Lejos de echar leña innecesaria al fuego, Eilenberger parece lamentar la ausencia de los pensadores judíos en el panorama alemán, que tanta riqueza filosófica habían aportado hasta la llegada de Hitler al poder.