Es la segunda parte de las novelas de Oleza (Orihuela), pero se puede considerar la segunda parte de una única novela. Es muy difícil de entender si no se lee la primera, Nuestro Padre San Daniel.
Me parece una novedad maravillosa, que refleja la gran sensibilidad de su autor.
El lenguaje no es sencillo y contiene muchas descripciones, por lo que inicialmente me resultaba un poco lento, pero pasé a disfrutar la lectura enormemente.
La sensibilidad y la finísima ironía del autor me enocionaron.
Por alguna razón, tiene fama de anticlerical, visión que no comparto.
Recomiendo obviar resúmenes del argumento. Suelen contener errores e interpretaciones. A Gabriel Miró le gustaba sugerir y muchos resúmenes destruyen la libertad de interpretación que deja la novela.