Un libro asombroso. Lo leí despacio, recorrí las páginas, miré por la ventana que da al jardín y volví a la lectura sin prisa, habitando cada hoja, capítulo, palabra...demorando la lectura para que transcurra en un tiempo propio y sin cálculo. Habitar es una palabra que me encanta, por la idea de permanecer, por los rebotes semánticos que la asocian al rito y la repetición. Creo que el libro también habla de eso, de cómo los lugares y las personas que hemos habitado van configurando un mapa de nuestra identidad. Thoureau decía que tenía el plano de los campos inscriptos en el alma, como si las distinciones entre afuera y adentro fueran simples ficciones o quizás el adentro no fuera sino otra forma de nombrar esos afueras. También el libro de Solnit, habla de las pérdidas , de lo desconocido, de la errancia como un modo de ser...de la escritura misma como una manera de estar o un gesto apenas audible que a veces basta para seguir andando. Creo que es un libro fascinante, un terreno generoso en el que uno puede sembrarse.