Como fanático de Jurassic Park y amante de los dinosaurios desde chico, esperaba que esta nueva entrega fuera al menos una redención de lo que venía arrastrando la saga. Prometieron un tono más oscuro, adulto, con una amenaza real. Pero lo que nos dieron fue, una vez más, una película llena de fórmulas recicladas, lógica ausente y decisiones absurdas. Y el ejemplo más claro de eso es el monstruo híbrido, que debería haber sido el corazón de la tensión, pero terminó siendo puro humo.
Lo primero que hicieron mal fue mostrarlo demasiado pronto y sin ningún misterio. No hubo construcción de tensión, ni intriga. El híbrido aparece como si fuera un dinosaurio más, sin ese aura de amenaza que debería tener una criatura “diseñada para matar”. En Jurassic Park, el T-Rex no aparece hasta bien entrada la película, y cuando lo hace, cambia todo el tono. Acá, la aparición del híbrido es anticlimática y mal dirigida.
Después de la presentación rápida, el híbrido apenas tiene dos escenas de acción reales: una breve secuencia con un helicóptero (que parecía sacada de un videojuego mal editado) y una persecución sin alma en medio del caos general. Nada memorable, nada que te haga sentir peligro. No genera miedo, ni suspenso, ni urgencia. ¿Este era el “depredador alfa” de la película? ¿En serio?
Lo peor de todo: el monstruo no tiene ningún peso en la historia. No representa nada más que un intento desesperado de agregar algo “nuevo”. No tiene motivaciones, ni contexto, ni impacto real. Podrías sacarlo del guion y todo seguiría igual. Y eso, en una franquicia donde los dinosaurios solían ser protagonistas, es un crimen.