Si estás buscando una película que te haga sentir algo, aunque sea irritación, Equipaje de mano es tu vuelo directo al aburrimiento. Esta obra, que podría haber sido un drama conmovedor o una comedia chispeante, se queda en un limbo extraño entre lo insípido y lo predecible. Desde el primer minuto, ya sabes cómo va a terminar la historia, pero te ves obligado a soportar casi dos horas de clichés y diálogos tan profundos como un charco.
Jason Bateman, bendito sea, es el único que parece haber recibido el memorándum de que esto es una película y no un concurso de teatro de secundaria. Su actuación es lo único que mantiene esta cinta a flote, aunque su esfuerzo se siente como si estuviera tratando de remar un barco lleno de agujeros mientras el resto del elenco juega con flotadores.
Hablando del resto del reparto, es como si alguien hubiera gritado “¡Sobreactúen como si les pagaran por ello!” y todos hubieran respondido con entusiasmo. Hay gritos, muecas y una intensidad mal dirigida que resulta incómoda de ver. Es como si cada actor estuviera tratando de ganar el premio al más intenso en lugar de, ya sabes, actuar.
La trama… ¿qué trama? Es una mezcla perezosa de dramas familiares reciclados que probablemente se sacaron de un catálogo barato de 1997. Todo se desarrolla con la gracia de un elefante bailando ballet. En serio, si esperabas alguna sorpresa o giro interesante, mejor mira por la ventana, que seguramente sucederá algo más emocionante.
En resumen, Equipaje de mano es como ese vuelo largo y retrasado donde el entretenimiento a bordo no funciona: un ejercicio de paciencia donde lo único memorable es el deseo de que termine de una vez. Si decides verla, hazlo bajo tu propio riesgo... y con mucho café para mantenerte despierto.