Verla en cualquier lugar que no sea la gran pantalla es un claro obstáculo a la hora de “empaparse bien” de la película. Y sobre todo del gran trabajo de sonido que se intuye detrás de esta película.
Destacaría la capacidad del director a la hora de enfrentarnos a nosotros mismos, de ponernos ante un espejo, para verdaderamente conocer hasta qué punto somos empáticos si no llegamos a ver, mediante imágenes desgarradoras el dolor ajeno.
Valoro mucho cómo, tanto Glazer como la genialidad de actrices como Huller, consiguen que el horror que se pudo haber vivido en los campos pueda ser transmitido de manera no gráfica.
Silencios (en lugares lujosos) rellenados por sonidos de fondo (procedentes de campos de exterminio donde, podemos deducir, se dan eventos atroces).
Casas lujosas que en realidad son extremadamente frías.
Personajes con suerte de vivir al otro lado de los campos donde ni el lujo, ni los frondosos huertos que nacen en sus propios jardines, lograrían jamás que sus habitantes irradiasen felicidad.